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viernes, 27 de abril de 2018
miércoles, 25 de abril de 2018
SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. VÍCTOR CARRASCO TORRES
Victor Carrasco Torres. Escultura "En trance"
SOBRE EL TITULO DE LA OBRA
Del francés transe, que tiene su origen en
el latín transire, se define como el momento decisivo, crítico y trascendental
por el que puede pasar una persona.
SOBRE LO QUE EL AUTOR QUIERE TRASMITIR
Mi escultura "En Trance" quiere
representar el estado en el que entra el artista en el momento de concebir una
idea y de cómo quiere plasmarla.
SOBRE LO QUE LA OBRA ME SUGIERE
Un pájaro, un pájaro dentro del huevo. Un
pájaro que prefiere estar ahí dentro, alimentándose de las semillas del
cerebro. No necesita salir fuera, tiene materia suficiente. Y mientras tanto te
consume. No te deja pensar. Te martillea. Te mata poco a poco.
Hace años leí un relato, —lo siento pero
no recuerdo el autor, ni la obra ni el título del mismo— en el que dos
matrimonios pudientes americanos realizan un viaje para vivir un trance,
una nueva experiencia novedosa y asequible para sus bolsillo pensando que
gracias a esa vivencia podrían encontrar el equilibrio consigo mismos y con el
universo, una forma de abrir canales, con cambios neurovegetativos y
cenestésicos para conseguir la iluminación espiritual. El escritor narró
con una maestría pasmosa y con todo lujo de detalles lo que sucedió allí, pero
sin especificar lo que sintieron nuestros protagonistas en ese rito
en medio de la selva, rodeados por los máximos dirigentes de una
tribu indígena, liderados por un chamán, piensen entonces, por supuesto, que sus
ojos vieron, o creyeron ver mediante alucinaciones demonios, inducidos por la comida, el alcohol, las
drogas y el sexo—pero, tal y como digo, el autor no se centró en eso, sino en
narrar el evento y las consecuencias de aquella decisión—, pues esa noche
degeneró en una situación de culpabilización entre las dos parejas que no
volvieron a hablarse en la vida y en la perdición de cuatro almas que no
volvieron a ser ellas mismas, incluido el suicidio de uno de los maridos, la
impotencia sexual de otro, la locura de la mujer de mayor edad que tuvo
que ser ingresada en un psiquiátrico y la adicción a las drogas hasta su muerte
de la última protagonista. Todos entraron en un trastorno borderline hasta el
final de sus vidas ¿Qué puede hacer que la existencia se convierta en un abismo
tan terrible que no se pueda vivir con uno o dos o todos los pájaros de
todos los universos dentro comiéndose el cerebro? ¿Cómo un viaje de placer se
puede convertir en el peor de los infiernos con las más desastrosas
consecuencias en sus vidas? ¿Qué decisiones inconscientes se pueden tomar que
afecten de un modo tan terrible a nuestros pensamientos y te llevan a vivir en
tinieblas rodeado de fantasmas? En mi opinión, y desde mi personalidad
prudente y algo miedosa, —lo reconozco—, creo que hay límites que no se pueden
pasar. Hay líneas rojas que deben estar perfectamente establecidas por respeto
a la vida y a ti mismo. Y quién no ha establecido las propias "líneas
rojas" puede que esté, sin saberlo, en un camino de destrucción alimentando
el pájaro devorador. Pero esto es, sin pretender convencer a nadie, lo
que me ha trasmitido a mí esta escultura y no deja de ser una visión muy particular de las cosas.
Más información sobre el trabajo de Víctor Carrasco Torres en:
Datos de la escultura referenciada:
En Trance: Técnica: Talla directa y estucado. Material: Pino, Cedro y Estuco Dorador
Dimensiones: 35 cm de largo, 39 cm de ancho y 52 cm de alto.
Crédito final: Le agradezco a Víctor su gran generosidad al aceptar mi visión de su trabajo, muestra de que las obras de arte sugieren cosas diferentes a las personas que lo visualizan,. y también os animo a contarnos qué os sugiere a vosotros.
Crédito final: Le agradezco a Víctor su gran generosidad al aceptar mi visión de su trabajo, muestra de que las obras de arte sugieren cosas diferentes a las personas que lo visualizan,. y también os animo a contarnos qué os sugiere a vosotros.
lunes, 23 de abril de 2018
SECCIÓN HOY RECOMIENDO. JORGE PEREZ RIVERO Y LAS HISTORIAS DE LA DOCTORA BRAUN
Hoy, en el día del libro, dedico esta entrada a un "Jordi"asturiano que vive en Barcelona la mar de especial.
JORGE PÉREZ RIVERO Y LAS HISTORIAS DE LA DOCTORA BRAUN
DATOS GRÁFICOS
Cuando recibí este libro, lo primero que hice fue estudiar la
encuadernación: era algo justa, pero tenía este tipo de letra y espaciado que te
permiten leer perfectamente y del tirón. Un punto positivo. Después me fijé en
la portada, ésta sin embargo no me pareció lo suficientemente atractiva ni en
cuanto a la temática ni al acabado.
Respiré y lo dejé en la mesa. Aquella misma noche decidí empezar a
leerlo. Y, sorprendentemente, después de cuatro horas, ya lo había terminado.
Eran las tres de la mañana cuando volví a mirar el reloj y fui consciente de que me había leído el libro entero. Esas cosas me pasan muy pocas veces. Por eso creo que este libro es un diamante en bruto y quiero recomendarlo.
EL LIBRO
En general, las historias relacionadas con la Segunda Guerra Mundial y
el Führer son poco esperanzadoras. Desde la primera página, me di cuenta de que
había algo diferente aquí. Ese detalle en los objetos, esa deliciosa forma de contar lo tremendo de una vida no elegida, la inteligencia de la protagonista, y como no del propio escritor capaz de trasladar eso al papel.
Lejos de exterminios, campos de concentración con duras pruebas, hambre, enfermedad, etc. , este libro narra una ficción bien distinta que también podría haber sucedido, ¿ Por qué no? El leitmotiv de la historia se basaba en proteger a una serie de niños judíos con altos potenciales intelectuales y reconvertirlos al cristianismo para impulsar la nueva Alemania.
Lejos de exterminios, campos de concentración con duras pruebas, hambre, enfermedad, etc. , este libro narra una ficción bien distinta que también podría haber sucedido, ¿ Por qué no? El leitmotiv de la historia se basaba en proteger a una serie de niños judíos con altos potenciales intelectuales y reconvertirlos al cristianismo para impulsar la nueva Alemania.
En medio de ese proceso de reconversión, la doctora Elisabeth Braun y su
confidente Anna, muda y enfermera (que ni era muda ni era enfermera), cuidan a nivel físico y afectivo a una veintena
de pequeños.
A través de cuatro historias la doctora consigue despistar a los nazis del Campo de concentración y traslada a los niños las claves secretas para escapar de allí: llaves especiales, cierres numerados, vueltas correctas, caminos bifurcados, obstáculos para librar, etc.
Cuatro cuentos preciosos que nos hacen reflexionar sobre el tiempo, la bondad y el amor y que tienen unos títulos maravillosos. Gracias a los cuales los niños tendrán más fácil escapar. Pero... ¿ lo conseguirán?
A través de cuatro historias la doctora consigue despistar a los nazis del Campo de concentración y traslada a los niños las claves secretas para escapar de allí: llaves especiales, cierres numerados, vueltas correctas, caminos bifurcados, obstáculos para librar, etc.
Cuatro cuentos preciosos que nos hacen reflexionar sobre el tiempo, la bondad y el amor y que tienen unos títulos maravillosos. Gracias a los cuales los niños tendrán más fácil escapar. Pero... ¿ lo conseguirán?
Eso tendréis que descubrirlo vosotros. Como decían el archiconocido programa Un, Dos, Tres, " Y hasta aquí puedo leer..." Os invito de corazón a leerlo.
Número de páginas: 140
Recomendado para todo tipo de lectores (Infantil, Juvenil y Adulto)
Recomendado para todo tipo de lectores (Infantil, Juvenil y Adulto)
EL AUTOR
Jorge Pérez Rivero nació en Gijón (Asturias), en 1990.
Es aficionado a la Literatura desde que era pequeño y comenzó a escribir a los quince años. Este libro fue publicado cuando tenía veinte. Jorge tiene una imaginación desbordante y esta historia sorprende por su madurez y su extraordinario detallismo. Mucho que seguir contándonos y desde aquí quiero animarle a hacerlo. Yo estaré encantada de volver a leerle.
Jorge Pérez Rivero nació en Gijón (Asturias), en 1990.
Es aficionado a la Literatura desde que era pequeño y comenzó a escribir a los quince años. Este libro fue publicado cuando tenía veinte. Jorge tiene una imaginación desbordante y esta historia sorprende por su madurez y su extraordinario detallismo. Mucho que seguir contándonos y desde aquí quiero animarle a hacerlo. Yo estaré encantada de volver a leerle.
jueves, 19 de abril de 2018
SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. MARÍA JOSÉ GARCÍA MAESO
Acuarela, Din A3, Vista Parcial de Toledo por María José García Maeso.
ME GUSTA TOLEDO
Supongo que mucha gente conocerá
Toledo y si no, aquí os presento algunas pinceladas de la ciudad para animaros
a hacerlo. ¿Por qué venir? Porque es simplemente mágica, un lugar donde te enamoras o
re-enamoras seguro. Tanto dicen de París o de Roma como las ciudades del amor, si
no hay que irse tan lejos, vengan a Toledo; que los rinconcitos y callejones
animan a achucharse y quererse durante
un paseo nocturno.
Aquí convivieron árabes,
cristianos y judíos, y su diseño urbanístico tiene huellas de esos ecos. Hay muchas cosas que no se saben, que no se
ven, que no se cuentan en los libros. Sólo aquellos que viven aquí las conocen.
Para mí, uno de los paseos más hermosos que he podido ver con mis ojos es la
“Vuelta al Valle”. Durante ese paseo, se ve la ciudad desde fuera, serpeteando
al otro lado del río Tajo. María José, mi colaboradora de hoy también lo sabe, y desde ese punto ha
plasmado esta acuarela. Toledo no
funciona en blanco y negro, no puede
pintarse con colores estridentes tampoco, porque eso es una visión subjetiva
del pintor pero no es una representación fiel de la realidad. Esta ciudad tiene ese color sepia de la piedra, y esos
tonos verdes de los musgos y árboles que saltan entre las construcciones.
Pasear por esta ciudad, sus calles,
sus plazas, visitar sus museos, sus iglesias, sus sinagogas, o entrar en la Catedral, es como atravesar un
pliegue en el tiempo hacia el pasado. Se ha invertido mucho dinero en
rehabilitar y conservar la esencia al máximo. Y eso se nota. He decidido no hacer acopio de la Historia de
Toledo, que existe largo y tendido de ello,
y si contaros qué cuatro cosas no debéis perderos cuando vengáis.
Obligada visita al Alcázar desde donde se podrán ver las vistas más bonitas de
la ciudad subiendo a la cafetería del quinto piso. Obligada visita a la
Catedral. Obligada visita a la Plaza del Ayuntamiento y obligada visita al
barrio judío donde se puede disfrutar el
Museo del Greco y las Sinagogas. Todo es maravilloso, y recomendable. Pero al
menos, llevaros esto en vuestro corazón
para toda la vida. Y sabed que volveréis, porque Toledo no se acaba
aquí; hay cientos de historias de personajes ilustres que dejaron su huella,
leyendas de Garcilaso, arte y música en
el Círculo del Arte, y, como no, un grupo de artistas plásticos que
nos ofrecen lo mejor de ellos cada sábado y domingo (ahora que empieza el buen
tiempo los veremos más) en la Plaza de San Marcos. A mí me encanta esta
iniciativa porque puedo ver sus trabajos en vivo y en directo, y ellos son hoy
los ecos del mañana, sin saberlo y sin dudarlo.
Más información sobre el trabajo de María José García Maeso:
Es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y posee el Máster de Especialización en Diseño pen el Instituto Europeo di Desing. Ha trabajado como Directora Gráfica, Profesora y Directora de arte, diseño y publicidad en diversas empresas. Actualmente es Vicepreseidenta de la Asociación de Artistas Plásticos de Toledo y se ha especializado en la pintura de monumentos de esta ciudad, retratos, así como el flamenco y la tauromaquía. Sus trabajos son detallistas y con una contundencia brutal.
Más información sobre el grupo de Artistas Plásticos de la Asociación San Marcos de Artistas Plásticos de Toledo:
martes, 17 de abril de 2018
lunes, 16 de abril de 2018
SECCIÓN HOY RECUPERO. GLUP
Glup.
Me
llamo Inés, tengo diez años y os voy a contar la maravillosa historia de Glup.
Glup
nació de un huevo. Pero no de un huevo cualquiera, no, fue comprado el día 27
de diciembre de 2016 en los chinos de la esquina de mi colegio. Lo adquirió mi
madre como premio a mis buenas notas. Lo elegí yo: era de color azul y tenía
motas grises por todo el perímetro excepto en la parte superior, que contaba
con una gran mancha blanca. Costó exactamente tres coma setenta y cinco euros.
Lo metimos en agua. Después de tres días empezó a crecer más de la cuenta. Mi
madre se agobió un poco al principio. Le cambiaba el agua y el recipiente
porque crecía y crecía sin parar y siempre le añadía sal y vinagre para
quitarle mejor las cáscaras —si es que en algún momento se le
caían—. Como crecía más de lo esperable, se quedaba atascado entre las paredes
y teníamos que romper los objetos para extraerlo. Primero usó un táper
cuadrado, luego un cubo de fregar cristales, luego un barreño de la ropa y
finalmente infló una piscina de plástico de cuando yo era más pequeña y la
llenó de agua. Cogió aquel huevo que ya pesaba los cuatro kilos y lo introdujo
dentro. El huevo tenía vida, eso nadie podía dudarlo. De vez en cuando se movía
un poco y pensábamos que en cualquier momento saldría de allí algún tipo de ser
paleolítico. Estábamos alucinando en colores con la situación, lo que nos
asustaba y sorprendía a partes iguales. La cuestión es que estuvimos esperando
como cosa de un mes hasta que un día, al llegar a casa después del colegio,
aquello, fuese lo que fuese, ya había salido.
Mi
madre cogió un bate de beisbol, yo el cepillo de barrer y mi hermana
Ingrid una varita mágica. Y nos dedicamos a hacer inspección por toda la casa
muertitas de miedo. Tras una revisión exhaustiva de todos los rincones,
armarios, el trastero, el garaje, el porche cubierto, etc., mi madre soltó el
bate y confirmó lo que todas sabíamos: en la casa no estaba. Y se fue al jardín
a buscarlo. Allí estuvo una hora aproximadamente (que es lo que duran dos
episodios de Soy Luna) removiendo rosales, subiéndose a los
árboles, quitando macetas, retirando maleza, y cuando ya lo daba casi por
perdido, desesperada, se fijó en un arriate de la parte trasera y vio moverse
algo. Se acercó. Allí estaba: una cosa redondita y un poco aplanada, con dos
ojos como canicas y dos cuernecitos incipientes a modo de botones en la parte
superior de la cabeza que le miraba con sonrisa graciosa y temerosa al mismo
tiempo. Y mi madre dijo:
—¡Hola!
¿Eres tú el pequeño que ha salido del huevo?
—Glup
—contestó.
—¿Glup
es sí?—preguntó mi madre.
—Glup
—repitió.
Mi
madre dio un grito para avisarnos.
—¡Chicas,
lo he encontrado! ¡Dice «glup, glup»! ¡Está aquí. Venid!
Y
cuando lo vimos por primera vez nos enamoramos perdidamente de él. Era la
mascota más alucinante del universo. Y decidimos llamarlo Glup.
No
sabemos por qué sucedió algo así, pero la cuestión es que sucedió.
—Bueno,
chicas, ¿y ahora qué hacemos con este? —dijo mamá señalando al curioso ser.
—Mami,
pues cuidarlo —respondió Ingrid. Y le acercó su varita mágica que se puso
instantáneamente rosa y brillante, lo cual gustó sobremanera a mi hermana.
—No
sabemos si puede ser peligroso o contagiarnos alguna enfermedad. Creo que
deberíamos llevarlo al veterinario.
—¡Si
lo llevas al veterinario nos lo van a quitar. Y lo sabes! —exclamé yo. Además,
si es mi regalo, déjame a mí saber lo que quiero hacer con él.
—Perfecto,
a partir de hoy la responsabilidad de Glup es tuya, Inés —concretó mi madre.
Vivir
con Glup estaba siendo un poco complicado. Le gustaba estar siempre mojado. Y
devoraba el chocolate. Mi madre hacía todos los días pasteles, bizcochos,
sándwiches de Nocilla. La Nocilla le molaba cantidubi. Abría el frasco con los
cuernos telesféricos que actuaban a modo de manitas y relamía todo el vaso de
cristal. Y además, si te despistabas, se te subía por las piernas como si fuera
una garrapata y te echaba en la cara un chorrito de color azul, que no sabemos
de dónde salía, y tenemos claro que no era pis, era como una forma simpática de
decirte «te quiero». Glup es muy chistoso. Sí, os lo prometo, le gusta contar
chistes. Habla nuestra lengua. Luego nos dijo que nos podía escuchar a través
del huevo y que aprendió nuestro sonido. También tiene una habilidad innata
para bailar y hacernos reír. Pero eso creo que lo ha sacado de la tele y la
Wii.
Todo
era perfecto y maravilloso. Hasta que un día del mes de febrero mi madre
decidió celebrar el cumpleaños sorpresa de mis primos gemelos Marcos y Pedro en
el salón de casa. Pedro nació exactamente diez minutos antes que Marcos y es
mucho más pequeño, más feo y el ser menos gracioso del universo, aunque eso
ahora es intrascendente. Mi madre lo dejó todo preparado y cogió la camioneta
para recoger a mi tía Paqui y a mis primos. Mi tía Paqui sufre una extraña
enfermedad que no le permite conducir por miedo. En fin, que siempre tenemos
que estar llevándola y trayéndola a todas partes. Así que estuvimos esperando
en el porche trasero junto con el resto de niños de la urbanización,
poniéndonos los disfraces de superhéroes y superheroínas que cada cual había
traído, ayudados por Cristina, nuestra cuidadora. Y cuando abrimos la puerta y
les dijimos a mis primos el esperado «¡Sorpresa!» casi nos da un ataque. El
salón tenía restos de comida y bebida por todas partes, todo estaba
desperdigado por el suelo y las paredes. Y mi madre se puso muy nerviosa y dijo
gritando y mirándome:
—¡Inés,
hasta aquí hemos llegado! Ve a buscar a Glup y castígalo en un armario.
Y
yo, obediente, lo hice. Lo metí en el armario de mi cuarto y le ordené que no
se moviera de allí bajo ningún concepto, que buena la había liado, y que mi
madre, después de esta, seguro que tomaba alguna medida drástica. Y que las
medidas drásticas de mamá son muy muy imprevisibles.
Definitivamente
se había pasado tres pueblos. Pero me miró con sus ojitos redonditos, puso carita
de sentirlo mucho y me pidió perdón. Entonces lo achuché y le solté un besito
en su frente…
—¡Anda,
no la vuelvas a liar! Por favor, no salgas del armario.
Sonrió
y cerré la puerta sin dejarlo a oscuras, porque la puerta tiene rendijas de
ventilación. Además, no le eché la llave, por si necesitaba ir al baño a hacer
pis.
Y
Glup, sabiendo que abajo había un cumpleaños y que estaba todo lleno de dulces
y chocolate, pensó que si se disfrazaba, él también podría pasar desapercibido.
Buscó en el armario y encontró un disfraz de tortuga ninja de cuando yo era más
pequeña. Y se lo plantó. Entonces bajó a la cocina, abrió el
transportín de plástico de la tarta de tres chocolates que había preparado la
abuela y se la zampó.
En
ese momento vio que mi madre se aproximaba a la cocina pasillo adelante con una
pila de vasos de plástico sucios y una bandeja de restos, y no se le ocurrió
otra cosa mejor que meterse dentro del transportín de la tarta.
Mi
madre lo cogió, cogió el paquete de velas y los dos nombres de cera que había
encargado para mis primos, se dirigió al salón con aquello en la mano,
sorprendida de que pesara tanto —pero como la abuela era muy burra, seguro que
había preparado una tarta de tres pisos—. Y llegó a la mesa, apagó las luces,
abrió la caja y ¡sorpresa!
Allí
había una cara redonda, con unos ojos abiertos de par en par y con gesto de «me
han pillado».
Todos
los niños reunidos alrededor de aquella mesa vieron a Glup y lejos de asustarse
y salir corriendo, se quedaron callados, mirando, hasta que la pequeña voz
chillona de Sonia, la niña coletas, exclamó:
—¡Queeeeeeé
moooooono! ¡Yo quiero uno!
Y
todos se abalanzaron sobre el pequeño ser.
Y la ilustración pertenece a RAFA MIR, más información en su perfil de facebook:
Crédito final: Este relato nació y creció de la mano de Antonio Valencia Fernández. ¡Gracias siempre!
Glup se puso tenso. «Pero estos ¿qué
quieren hacerme? ¿Qué quieren hacerme? ¿Me quieren tocar, morder, besar, matar?
¡Qué nervioso me estoy poniendo!». Y gritó fuerte:
—¡Glup no tocar. No tocar. No tocar!
Todos querían mimarlo, besarlo,
abrazarlo y jugar con él porque era un ser tan achuchable… Pero tuve que
establecer turnos y que lo hicieran despacio para no agobiarlo mucho.
Pedro y Marcos, mis primos, dijeron que
ese era el regalo de cumpleaños más bonito que podrían haberles hecho. Yo
discutí con ellos para explicarles que no era un regalo, que Glup era solo mío
y que se fueran olvidando del tema.
Mi madre y yo nos vimos obligadas
a contarles a todos los niños, a mi tía, a mi abuela, a Cristina y
al perro de la vecina cómo había nacido y cómo había llegado a ocupar nuestras
vidas el pequeño Glup. Y les insistimos hasta que firmaron un pacto de silencio:
prometer que no se lo dirían a nadie. A cambio podrían venir a ver a Glup
siempre que quisieran.
Por primera vez en mi vida sentí que era
la protagonista de algo grande. Pero aquí el único protagonista será
Glup para siempre. Y la suerte que tenemos de compartir un secreto en común
gracias a él. Hemos conseguido ser los mejores amigos del barrio. Hasta hemos
formado una pandilla y todo: somos Los Superglup. Y tenemos superpoderes. Ya
los iréis conociendo. Nos está enseñando muchas cosas mágicas nuestro pequeño
amigo. Pero eso será objeto de otro capítulo.
Hoy nos vamos al río con un invitado muy
especial en la mochila… a llenar nuestra vida de aventuras. Pero para que no
sepáis dónde encontrarnos me he permitido la licencia de omitir cualquier dato
relacionado con mi ubicación y como todavía no tengo móvil ni quiero tenerlo,
creo que nuestro secreto estará a salvo mucho tiempo. ¡Feliz verano,
astroalmas!
Esta entrada se publicó por primera vez en SURCANDO EDICIONA:
Y la ilustración pertenece a RAFA MIR, más información en su perfil de facebook:
miércoles, 11 de abril de 2018
lunes, 9 de abril de 2018
SECCIÓN HOY RECUPERO. EL ESPÍRITU DEL VIENTO TIENE NOMBRE DE MUJER
“La
soledad agradece mi lamento
y
baila conmigo en el páramo
soy
su leve idolatría
sobre
mí viaja el oxígeno que respiras
¿Lo
ves?
Viento
soy… y tú eres mi destino.”
José
Cercas, extracto del poema A alguien que me llamó viento, de su
libro Oxígeno.
El espíritu del viento tiene nombre de mujer.
—Ven
conmigo, no te arrepentirás. —La chica del pelo azul y ojos ultramar me tendía
la mano para acompañarla en su lancha. Nunca la había visto pero su
ofrecimiento me pareció inoportuno, inesperado y me dio vértigo—. Venga, no te
lo pienses más, anda —insistió animosa.
Estaba
sentado en la playa al atardecer, reflexionando sobre qué cenar aquella noche,
esperando a mi madre en el universo de las luces todavía apagadas de aquel
cielo rosa, escuchando el viento y tragándome cientos de culpas como sapos. Me
incorporé, me miré los pies descalzos, metí la mano en los bolsillos y conté el
poco dinero que tenía. Si era el momento de tomar la decisión, no debía dudar.
—No
te preocupes. No tengas miedo.
—Yo
no tengo miedo. El que no tiene nada que perder ya nunca siente miedo.
—Pues
venga. —Abrió la mano derecha y me ayudó a subir a la lancha motora. Luego me
dio un chubasquero rojo y un chaleco salvavidas amarillo con una banda
fluorescente—. Póntelo —me ordenó.
Era
la primera vez que me ponía ropa así y me costó un poco ajustármela y sentirme
cómodo. Luego miré alrededor. Había una pequeña nevera con agua, dos bidones de
gasolina y un mar por delante.
Durante
dos horas estuvimos navegando rumbo adentro. La sensación de sentirse rodeado
de agua por todas partes era sobrecogedora. Yo nunca había estado tanto tiempo
sin pisar tierra firme y comencé a encontrarme mal, sentía frío en la espalda y sudor febril en la
cabeza y las manos, me temblaban las tripas como si tuviera el gusano de guinea
dentro de mí. Sólo pensarlo me provocó la náusea en dos ocasiones. Después,
como por arte de magia, el cuerpo se estabilizó. La chica tenía unos ojos
grandes del color del horizonte, en esa línea donde convergen cielo y mar, y la
piel morena. No podía concretar de dónde era originaria, pero hablaba
perfectamente mi lengua krio. Así que eso facilitó mucho las cosas.
—
¿Cómo te llamas? —me preguntó sonriente al cabo de un buen rato en el camino.
—Douda
Adama.
—Ese
nombre no es senegalés.
—No.
Realmente yo no soy de aquí, estaba de paso, soy de una aldea pequeña cerca de
Magburaka al norte de Sierra Leona. Es una historia muy larga.
—No
me importa, tenemos mucho tiempo por delante.
—¿Dónde
vamos?
—A
una isla llamada Palma.
—¿Está
muy lejos?
—No,
está cerca. Si mis previsiones son las adecuadas, tenemos que aprovechar la
contracorriente canaria, que hoy se dará durante la noche, para ser impulsados,
y un poco del viento del Sáhara para llegar a nuestro destino con gasoil
suficiente.
—Y
tú, ¿quien eres? ¿Por qué me ayudas?
—Ni
te lo imaginas. Aunque te lo explicara, nunca lo entenderías.
La
chica sacó unos bocadillos y nos los comimos en silencio. Ella no quería hablar
y yo estaba cansado y tampoco me apetecía mucho ni hablar ni comer. Hubo un
momento que sentí ganas de orinar. Me dio vergüenza decírselo, pero ella,
anticipándose a mis pensamientos, al ver que me tocaba la entrepierna, me
alertó:
—Ni
se te ocurra mear por la borda. Tendrás que hacerlo dentro de esta botella de
plástico. —Y me la tiró a la cara.
De
pronto sucedió algo inesperado. Un viento comenzó a empujarnos por la popa. La
chica se rió.
—Aquí
estabas, maldito Berg Winds, te esperábamos.
El
viento azotaba la embarcación y yo me sentí cada vez peor por los pantocazos de
la proa donde iba sentado justo enfrente de la chica que manejaba el timón. Era
pleno agosto y ya se había cerrado la noche, por lo que deduje que serían más
de las once. La temperatura subió progresivamente hasta los 48 ºC en menos de
media hora. No se podía respirar. Estornudé varias veces y ella me indicó:
—Tienes
que protegerte. Yo seguiré aquí, sujetando el timón.
—No
veo nada.
—No
hace falta. Túmbate, ponte la capucha del anorak, sujeta este trapo en la cara
y respira a través de él, pronto llegará la calima en suspensión. ¡Agáchate ya,
hazme caso o morirás!
—¿
Y tú?
—Tranquilo,
estoy acostumbrada.
A
mi dolor de barriga comenzó a sumarse el calor. Mi cuerpo sudaba por todas
partes. Mares de toxinas emanaban de mi piel y creo que me desmayé dos o tres
veces bajo la manta con la que me cubrió. Temía salir de aquella madriguera y
morir. Pero el sonido del motor de la lancha me hacía pensar que todo iba bien.
La chica del pelo azul me hablaba de vez en cuando para tranquilizarme: Sigo
aquí. Todo bien. No mees. No levantes la manta. Cierra los ojos y sueña. Sueña
con tu familia, con las estrellas del universo, con tu madre, tu hermana, tu
novia o algún amigo fiel. Sueña…
Era
imposible soñar, más bien tuve millones de pesadillas. Debí de hablar durante
mi delirio, quizá pensé y dije muchas cosas que sólo se pueden pensar y decir
cuando uno cree que morirá pronto. Ignoro el tiempo que permanecí oculto bajo
la manta. Pudo ser un día, dos, tres… Allí estuve lo más inmóvil posible para
no gastar energías. Cuando por fin decidí arriesgarme, enloquecido por la sed y
al límite de mis fuerzas descubrí que estaba tan débil y anquilosado para
realizar cualquier movimiento que mis extremidades no me respondían.
—Quiero
salir. Necesito salir —intenté gritar reuniendo todas las fuerzas que pude.
Ella
levantó la manta con mucho esfuerzo, pues estaba aplastado literalmente por
kilos de arena, y la tiró en el océano. Luego, sonriente, me ayudó a
incorporarme.
—Vaya,
ha sido muy duro. No pensé que lo conseguirías… Pero has sido un valiente, un
muchacho muy valiente.
Me
dio un poco de agua que bebí a pequeños sorbos y luego me advirtió sobre la
llegada de la lluvia:
—En
agosto sólo llueve un día y será hoy por la tarde. Aquella noticia me alegró
bastante. Pero ella no sonreía—. Me has contado muchas cosas y cada vez estoy
más contenta de haberte elegido a ti.
—¿Cosas
como qué? Déjame beber un poco más —le pedí sujetando la botella de plástico
que me retiraba. ¿Elegido?
—Lo
de tu hermana gemela, la muerte de tu madre, la venta de los dos a un perverso
explotador llamado Kone para trabajar en los cafetales de Guinea, la vuelta a
casa para buscar al resto de tus hermanos, tu ingreso en el ejército de Sierra
Leona, tu huida al Sáhara y finalmente tu trabajo en Senegal. Lo has pasado muy
mal, chico. ¿Qué edad tienes?
—Quince
años.
—¡Vaya!
Por tu aspecto pareces mayor.
—He
visto muchas más cosas en ocho años que tú en toda tu vida.
—No
lo dudo. —Pausa incómoda—. Por cierto, ¿quién era Alisi?
—Mi
amor, mi único amor y motor de mi esperanza. La conocí en los campos de café. La
violaban cada noche los capataces, cada día uno distinto o dos o tres, y luego
venía a mi cabaña, se metía en mi catre, me abrazaba por la espalda y lloraba.
A veces eran sólo quince minutos, otras casi una hora. Nunca he oído ni oiré un
llanto tan triste. Ella era preciosa, la más bella de todas, pero cuando se
quedó embarazada y ya no servía para calmar las ansias lujuriosas ni el estrés
de los capataces, la mataron. Nunca sabré si el hijo que llevaba en su vientre
era mío o no, pero aquello fue la alarma para intentar cambiar de nuevo el
rumbo de mi vida. Siento furia al recordar todo esto. Siento un dolor
profundísimo.
De
repente, al levantar los ojos y terminar de acostumbrarlos al efecto extraño
del mar, como de espejismo constante, me di cuenta de que la chica del pelo
azul tenía mal aspecto. Su piel se había vuelto tan transparente que casi podía
tocar sus venas y sentir el pálpito de su corazón bajo el armazón de las
costillas. ¿Podría ser que se estuviera consumiendo, o esa sensación era objeto
de una alucinación mía por el cansancio?
—¿Qué
te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí,
cuestión de energía. Ha sido extenuante. Tranquilo, estoy bien, en serio,
prosigue tu relato sobre Alisi.
—Me
sacaba cinco años, pero me amaba tanto como yo a ella. Y sé que hubiéramos sido
felices. El día que la asesinaron comprendí que tenía que marcharme de allí
porque el siguiente sería yo. Y huí. Todavía me pregunto qué fuerzas
planetarias se aliaron conmigo para conseguirlo porque hasta el momento nadie
lo había logrado, pero yo lo hice ocultándome durante siete días dentro de un
pozo. Luego, en Sierra Leona, volví a buscar a mi padre y a mis hermanos pero
ya no estaban. Nadie que yo recordara con tan sólo ocho años parecía estar allí
y tampoco nadie se acordaba de mí. Entonces me reclutaron para la estúpida
guerra. He hecho cosas horribles que no quiero contar. Bueno, me han obligado a
matar y torturar a seres humanos y animales. Muchas noches no puedo dormir. No
comprendo cómo pude hacer todo aquello.
—No
te sientas obligado a contarme nada. Lo comprendo.
Después
hubo un largo silencio. Ella me miraba y esperaba quizás que yo le quisiera
contar más. Pero no podía. Aquellos episodios homicidas no eran dignos de ser
recordados ante aquella chica buena. Luego abrió la nevera portátil azul y me
ofreció algo envuelto en papel de plata que llamaban chorizo. Me supo a gloria.
Después, con la tripa llena, se levantó, se estiró y comenzó a hablar sobre la
tormenta que se avecinaba.
—Mira,
observa el inmenso océano, parece que nada se mueve, todo está detenido en un
momento de calma y eso significa que la tormenta será copiosa. Pero, pase lo
que pase, no te rindas, ¿entendido? Si muero, no debes tirarme por la borda. Si
desaparezco, no debes abandonar la embarcación jamás. ¿Lo has entendido bien,
Douda? La embarcación es tu única casa, tu única esperanza para sobrevivir.
Entendido, ¿verdad?
Sólo
pude afirmar con la cabeza. Y esperar.
A
las siete y media de la tarde aproximadamente comenzó a llover. La lancha se
llenaba de agua y trabajábamos a turnos para evacuarla. La chica del pelo azul
cada vez estaba más pálida y me parecía todavía más delgada, pero seguía
sonriendo vital y eso me tranquilizaba. Creo que me abrazó unas cuantas veces,
y me besó la cabeza mientras trabajábamos y descansábamos a turnos.
Estuvo
lloviendo varias horas, tres, cuatro, quizás cinco y después nos sorprendió el
rayo. Nadie puede imaginarse un rayo en mitad del océano. Hasta que no lo has
visto por primera vez, no conoces el alcance de la electricidad y sus partículas
furiosas. Y la lancha se rompió en dos. Estuvimos un tiempo flotando en mitad
del océano. Lo siguiente que recuerdo fue un bichero que me sujetaba el chaleco
salvavidas y me subía sobre una lancha de aproximación. Después, a dos personas
tirando de mí hacia arriba mientras me agarraban por los brazos. Me depositaron
en la cubierta del pesquero. Alguien me lanzó un cubo de agua caliente encima y
después me cubrieron con mantas y me hicieron tragar algo redondo y pequeño de
color blanco, bastante amargo, para la fiebre. Cuando abrí los ojos sólo vi
azul, el cielo azul y ocho caras mirándome alrededor. Aquella fue la primera
vez que vi hombres blancos. Me pareció magia pura. Y los segundos se alargaron,
ralentizando todo. Absorto por aquella visión, pensé incluso que aquello sería
algún tipo de cielo.
—Chico,
¿de dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?
Me
hablaban en una lengua que no entendía, me abofeteaban la cara para
despabilarme pero me daba igual. Volvía a cerrar los ojos. Luego me dieron algo
parecido a una sopa con tropezones de pollo o gallina. Y me recuperé un poco
más. Cuando ya fui capaz de incorporarme, la vi. La chica del pelo azul estaba
entre ellos, pero una ráfaga de viento la convirtió en partículas o
subpartículas de tiempo o espacio con gases en suspensión: nitrógeno, oxígeno,
dióxido de carbono, neón, agua… Minúsculas partículas flotantes que circularon
a mi alrededor y me susurraron al oído: I´m wind, you win. Ese
viento se colocó encima de mi cabeza y ascendió en espiral hasta quedar
reducido a un puntito azul en medio del cielo.
—Adiós,
amiga. Y gracias —le contesté en krio.
Los
demás se pusieron muy contentos al ver que acababa de hablar. Dejaron atrás la
incertidumbre y comenzaron a sonreír. Me seguían haciendo preguntas, muchas,
pero yo no sabía ni qué me preguntaban ni qué contestar porque no les entendía;
sin embargo, sonreía y eso les alegraba. Pese al cansancio y al dolor imposible
de soportar, tomé una determinación. Quería vivir. Y cada vez que lo pensaba
para mis adentros conseguía apretar más mis manos sobre las suyas y eso me
agarraba a la vida y les hacía sonreír más.
—Ánimo
chico. Te pondrás bien.
No
sé si ella existió realmente o fue la excusa para reunir fuerzas y embarcarme
en esa aventura. No sé si esto sucedió así o, debido a la acción del rayo, es
lo único que soy capaz de recordar. Nunca llegué a la Palma. Me pasé media vida
viajando de pesquero en pesquero por medio mundo y conocí a otros que también
escaparon como yo de la barbarie de Sierra Leona. No hice muchos amigos,
aprendí idiomas y conocí a millones de seres humanos a los que intenté ayudar
siempre.
Pero
si algo tengo muy claro es que el espíritu del viento tiene nombre de mujer.
Ese viento que respiramos inconscientemente, portador de mensajes, de besos
tardíos o perdidos, de recuerdos, cargado también de virus y bacterias,
incluso; ese viento oxigenado vital para existir y que nos rodea cada día debe
contener esencia de mujer, de madre, de amiga, de compañera, tiene que estar
cargado de la misma energía cósmica que la mujer capaz de generar vida. Muchas
veces recuerdo a aquella chica de pelo azul y ojos ultramar, la que desapareció
de mi plano físico, de este que habitamos transitoriamente, porque su esencia
regresa cada vez que una brisa cálida o una corriente gélida me acaricia el
alma. Y eso es muy fácil en el mar y en el amor.
Este relato fue publicado por primera vez en :
jueves, 5 de abril de 2018
SECCIÓN HOY COLABORAZIONO: PINTOR JUANJO GAMARRO
Bodegón. Óleo sobre lienzo 65x54 cm.
Juanjo Gamarro
Juanjo Gamarro
NO CRECE EN LOS ÁRBOLES
—Hablemos
padre. Necesito dinero.
—Hablemos
hijo. No tengo.
—Pero, ¿cómo
que no tienes? Eso es imposible. Tú trabajas y ganas mucho.
—Sí, pero no
estoy dispuesto a dártelo para que lo malgastes.
—Ir con los
amigos y tomarme algo de vez en cuando no es malgastarlo.
—Fumar,
beber y no dar ni palo al agua con los estudios si lo es. No te lo has ganado.
Y no hay más que hablar.
—Madre, se acerca a la cocina donde se encontraba la madre partiendo un calabacín, y le pone cara de tuno: Que Papá no me quiere dar dinero. Dámelo tú.
—No.
—Entonces me
iré a vivir con un amigo y nunca más volveréis a verme.
—Lo dudo.
—Si, me voy a
marchar, y ahora mismo.
—De acuerdo. Ya no hay más chantajes emocionales. No es no.
Así veíamos
la tele, una historia corriente de adolescente rebelde, que podría ser
español o chino, daba igual. El interminable pedigüeño que no se siente obligado a corresponder con nada.
Y me quedé un rato pensando, con la vista perdida, mirando hacia la ventana... Todos hemos sido así, durante siglos y siglos, hasta que pudimos tener el primer empleo y comenzamos a gastar de lo nuestro. Pero es que la crisis ha hecho mucho daño. Entonces miré el cuadro
de Juan Gamarro que estaba en la pared de la derecha. Un buen amigo mío que
nunca cuenta mucho de sus cuadros, pero que están cargados de mensajes cifrados. Busqué el móvil y le llamé para
decirle: “¿Sabes?, he tenido una visión. Ahora le encuentro sentido a tu cuadro ¿ Te lo puedes creer? Ni los
peces vuelan, ni la comida crece en los árboles. Hay que trabajar para ganar el
dinero. ¡Ay, qué grande eres!"
Y Juan tan en ello, me contestó: No sé quién eres ni de qué me hablas... me acabo de levantar.
Más
información de Juanjo Gamarro en:
martes, 3 de abril de 2018
SECCIÓN HOY RECUPERO. SEÑALES DE TRÁNSITO.
Este fue un experimento en el que a través de micro-cuentos iba retratando a una serie de personas que estaban en una fiesta. Un juego divertido para aproximarse a los personajes usando el rojo como hilo conductor. ¿Qué hay de rojo en ti? Es una pregunta mucho más personal que política. Explora dentro y cuéntamelo, si te apetece, en la sección "Contacta" .
Señales de tránsito.
Buen rojo
Señales de tránsito.
Buen rojo
La chica de los ojos grises ya no es una
niña. Hoy lleva tacones y un vestido corto blanco. Se ha acercado a mí y, con
pudor, me ha pedido un tampón. Se excusa: es que no he traído el neceser de las
cosas íntimas y no tengo. Sonríe… Está rodeada por unos cuantos adolescentes,
modelo león, elefante, perro y varios ratones. No tiene ningún interés por
barrer ni para dentro ni para fuera. Sólo espera con su cinta roja puesta. Y
sucederá en cualquier momento. Está disponible.
Versos en rojo
El artista del fondo, que hace años que
no escribe un libro, hoy me ha comentado cómplice que por fin han vuelto las
musas, y ha conseguido escribir cien versos al amor y en un intento de
continuación de libro escrito por Pablo Neruda llamado El corazón
amarillo, mientras se prepara para su muerte. Me explica: «Es un libro
cargado de reacciones, multiplicidades, contradicciones, amenazas en ciernes
que nos llevan del miedo a la acción en la vida. También expresa los placeres
cotidianos derivados de la fama y la terrible angustia de la falta de
privacidad». Le oigo y le veo, pero no le siento. No me trasmite nada más allá
que el narcisismo de escucharse a sí mismo. Me intereso por su mujer y su hija,
responde correcto y me mira el escote descortésmente. Luego me pregunta que si
se me ocurre algún nombre para su invento. «Versos en rojo», le propongo.
«Perfecto», asiente. —Me aburre—.
Luna
Aquí cerca de la barra del bar que han
instalado a la salida del living room está el que llaman
artista. Dicen que se le fue la cabeza el día de la luna roja, cuando se quedó
mirándola toda la noche. Estaba hipnotizado cuando le encontraron encima del
tejado de su casa a punto de desmayarse porque no había comido ni bebido nada
durante cuarenta horas. Y desde entonces sólo pinta cuadros rojos. Todo tipo de
desnudos de mujeres y hombres en todas las posiciones imaginables. Eso sí,
siempre desnudos. Es sórdido y, según las posturas, hasta de mal gusto. Parecen
como bebés recién nacidos. Y para justificarse puntualiza: «Todos los cuadros
son mis hijos, paridos de mi mano, pintados con cariño pincelada a pincelada».
Como metáfora está bien, pero a mí, médica ginecóloga y madre de tres hijos, ya
no me valen tonterías así. Hace tiempo que no hablo con él. Es un poco agresivo
y no permite que nadie le lleve la contraria. Eso me desconcierta mucho porque
no estoy acostumbrada a que nadie me grite al oído. Salgo a la terraza.
Calles de Buñol
Miro hacia el fondo y hay tendidas lo
menos cincuenta camisetas blancas. Le pregunto a la anfitriona. Me explica que
ayer llevó a los invitados a las fiestas de la Tomatina. Que hoy el servicio
las ha lavado y tendido. El año que viene me apunto, me invito. «Pues claro»,
dice sonriendo. Y sé que no me podré apuntar jamás porque no puedo comerlo por
el ácido úrico. Pero intento ser tan amable e hipócrita como lo son todos.
El rojo es otra historia
El hombre gato está rodeado de mucha
gente, tiene la lengua áspera y suelta mucho pelo. Podría decirse que ya casi
no tiene pelo. Hubo un tiempo en que me pareció interesante, ya no. Sonríe
oblicuamente, sonríe arqueando una ceja, y a mí ya me da igual todo lo que
haga, diga o deje de hacer o decir. Me produce cierto repelús su presencia.
El mar Rojo
Hay un gran cuadro en el centro del
salón. Es el mar Rojo. Recuerdo algo que leí de este sitio hace tiempo: no
tiene afluentes, mantiene la temperatura entre 26 y 30 ºC todo el año, variando
en más menos dos grados, y se supone que se abrió en dos para salvar del yugo de
los egipcios al pueblo israelita, guiado por Moisés. Me parece que bien podría
ser este lugar narrado en la Biblia porque conecta África y Asia. Pero hay algo
que me gusta mucho más de este cuadro. Algo que me callo.
San Fermín
Amiga feliz por la derecha. Posición
correcta: tres de la tarde.
—Acabo de recordar que me hice unas
fotos contigo en los Sanfermines de 2010. El otro día las vi y les hice una
foto con el móvil para enseñártelas en la fiesta. Ven, mira. Estábamos tan
jóvenes y tan llenas de vida que me parecieron espectaculares. Como ahora, ¡qué
te voy a contar! Por ti no pasan los años… (Sonrisa verdadera).
—Sí, sí pasan, pasan los años y la vida,
y mañana puede que nos muramos, o pasado mañana, o lo mismo hoy al salir de
esta fiesta me da un infarto de tanto fumar. No sé.
—Anda, tonta, estás mejor que nunca. No
has visto cómo te miran todos… con ese tipazo y ese vestido rojo estrecho que
te has puesto… Ven aquí, siéntate a mi lado. Mira la foto. Corrimos,
¿recuerdas?, nos tiramos a la calle delante de los toros y corrimos… Fuimos de
las pocas que lo hicimos en la vida, pero lo hicimos… No sé ni cómo fuimos
capaces. Aunque terminamos con sangre en los brazos y las piernas de no sé
quién ni de no sé dónde, pero lo hicimos.
—Porque siempre hemos sido muy
valientes. No te lo digo nunca, pero lo pienso, eres la mejor de todas. La más
auténtica. Y sí, te quiero.
—Anda, disfruta tu momento, esta fiesta
es para ti. Porque yo también te quiero, amiga. Besos. Fin.
Planeta
Alguien ha encendido la televisión.
Interesado por las noticias de las doce. Vivimos en un planeta lleno de guerras
y de muerte. Gente expira todos los días violentamente. Contra natura. Contra
Dios o en nombre de Dios, según el bando que sea… Y vírgenes lloran sangre. Ha
habido un atentado. Una camioneta atropella a gente en Londres, gente normal
que pasea por un puente, y cuentan que después los conductores se bajaron y
fueron acuchillando a la gente en la calle y en un restaurante próximo. Es
dantesco. Algunas imágenes se están retransmitiendo casi en directo desde el
lugar del suceso. Y yo no veo nunca la tele…
Señales
Las rojas advierten del peligro y del
desastre.
Nadie las cambia por verde o azul. Son
necesarias. Cumplen una función. Nadie coge un cubo de pintura y comete la
imprudencia de hacerlo. Ni por arte ni por locura. Nadie por el momento…
El bolígrafo rojo
Deberían instaurarlo como necesario para
todos los aprendizajes. Ver los fallos en rojo te conecta las neuronas. Te
ayuda a reconocer los errores de un solo vistazo. Yo soy muy visual. Necesito
hacer fotografías mentales de las cosas que estudio. Toda la vida lo he hecho.
Creo que la profesora de piano está haciendo bien su trabajo: hace anotaciones
en rojo en una libreta sobre los ejercicios mal resueltos del hijo mayor. Sin
embargo, el padre observa la escena con desaprobación porque está más
preocupado por si su hijo hace el ridículo en público en lugar de que aprenda y
avance. Es un amante de la superficialidad extrema. Puede que no fuera una
buena idea haber elegido esa pieza, el Concierto para piano n.º 1 de
Rajmáninov, incluyendo el violonchelo de su hermana menor. Pero parece que el
señor Perfecto le dará una oportunidad. Sólo una…
Sin rojo
—¿Sabes que se me ha ido la regla? Estoy
menopáusica —me dice la soltera de oro.
—No me digas…
—Sí, —afirma mientras bebe un sorbito de
ron con Coca-Cola.
—¡Pues quién lo diría!, yo te veo
estupenda. —La animo. Pero en el fondo se ha puesto redonda, redonda…
—Pues creo que estoy más irascible,
malhumorada y desequilibrada que en toda mi vida. Pero ¿sabes otra cosa? He
perdido algo más…
—¿El qué, chata? Venga, dime…
—El miedo a vivir y a hablar.
—Me alegro.
***
Suena el teléfono
—¿Qué tal, mi amor, cómo va la fiesta?
—Es la voz de él.
—Bien, todo perfecto. Hay mucha gente
aquí. Casi todos llevan algo rojo curiosamente.
—Es lo que querías, ¿no?
—Sí. Bueno, fue una sugerencia, en
homenaje a la vida, a la felicidad que se trasmite con el rojo. Pero me faltas
tú.
—Ya sabes que siempre estoy contigo. Mira
en el cenador. Te hemos preparado una pequeña sorpresa, con la ayuda de tu
amiga.
—Voy.
Sigo el camino de baldosas rojas hasta
un cenador que hay al final del jardín. Allí hay un gran ramo de rosas y una
fotografía. En ella puede verse a un hombre mojándose bajo la lluvia. Sin
paraguas, con los brazos levantados, mirando al cielo, en un atardecer lluvioso
al norte de Australia. Reconozco el sitio porque yo estuve allí con
él y yo hice esa foto. Al girar la imagen leo: «Ven, mójate, siente
la vida. No te pongas el paraguas. Disfruta de este momento conmigo. Vive a mi
lado esta nueva etapa. Nunca estarás sola. ¿Te quieres casar conmigo?».
Miro el rojo del jersey y siento la
belleza del instante. Suspiro. Y veo mucho más rojo en esa instantánea, la
pasión de esos labios, el rubor de esas mejillas ante el primer beso, el calor
de su piel rozando la mía… Veo el amor en estado puro.
Luego me miro a mí misma, observo las
uñas rojas de las manos y de los pies, y me atuso el vestido rojo que me
aprieta cada centímetro, y un flash me saca de la realidad. ¡Ay, Dios, el bolso
rojo! ¡El bolso rojo está en el coche!
Salgo corriendo, casi volando hacia la
entrada, atravieso la puerta de la finca, me quito las sandalias plateadas y
corro avenida abajo con los tacones en la mano y llego al coche. Allí está la
señal final: han reventado el cristal del copiloto y han robado ese bolso.

Y de repente me siento la mujer más
desgraciada del mundo. Sólo tengo un teléfono para comunicar la situación: ni
llaves de casa, ni llaves del coche, ni documentación. Es el momento más frágil
y vulnerable de mi vida. Respiro, cuento hasta diez, grito de rabia, lloro de
impotencia, me tiro del vestido y me araño los brazos del cabreo, y sin tabaco…
¡Mierda! Entonces, me recojo el pelo en una coleta, respiro, vuelvo a contar
hasta diez, me miro en la luna tintada, sopeso la situación y decido regresar a
la casa para servirme un gin-tonic en la fiesta. Todo es material. No voy a
permitir que se arruine uno de los momentos más felices de mi vida.
Miro el teléfono y marco su número.
—Sí, cariño, quiero casarme contigo.
Este relato fue publicado por primera vez en:
Las ilustraciones pertenecen a Paloma Muñoz. Más información en:
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