Páginas

Translate

jueves, 19 de abril de 2018

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. MARÍA JOSÉ GARCÍA MAESO


Acuarela, Din A3, Vista Parcial de Toledo por  María José García Maeso.



ME GUSTA TOLEDO

Supongo que mucha gente conocerá Toledo y si no, aquí os presento algunas pinceladas de la ciudad para animaros a hacerlo. ¿Por qué venir? Porque es simplemente mágica, un lugar  donde te enamoras o re-enamoras seguro. Tanto dicen de París o de Roma como las ciudades del amor, si no hay que irse tan lejos, vengan a Toledo; que los rinconcitos y callejones animan a achucharse y quererse durante  un paseo nocturno.
Aquí convivieron árabes, cristianos y judíos, y su diseño urbanístico tiene  huellas de esos ecos.  Hay muchas cosas que no se saben, que no se ven, que no se cuentan en los libros. Sólo aquellos que viven aquí las conocen. Para mí, uno de los paseos más hermosos que he podido ver con mis ojos es la “Vuelta al Valle”. Durante ese paseo, se ve la ciudad desde fuera, serpeteando al otro lado del río Tajo. María José, mi colaboradora de hoy   también lo sabe, y desde ese punto ha plasmado esta acuarela.  Toledo no funciona  en blanco y negro, no puede pintarse con colores estridentes tampoco, porque eso es una visión subjetiva del pintor pero no es una representación fiel de la realidad. Esta ciudad  tiene ese color sepia de la piedra, y esos tonos verdes de los musgos y árboles que saltan entre las construcciones.
Pasear por esta ciudad, sus calles, sus plazas, visitar sus museos, sus iglesias, sus sinagogas,  o entrar en la Catedral, es como atravesar un pliegue en el tiempo hacia el pasado. Se ha invertido mucho dinero en rehabilitar y conservar la esencia al máximo. Y eso se nota.  He decidido no hacer acopio de la Historia de Toledo, que existe largo y tendido de ello,  y si contaros qué cuatro cosas no debéis perderos cuando vengáis. Obligada visita al Alcázar desde donde se podrán ver las vistas más bonitas de la ciudad subiendo a la cafetería del quinto piso. Obligada visita a la Catedral. Obligada visita a la Plaza del Ayuntamiento y obligada visita al barrio judío donde se puede disfrutar  el Museo del Greco y las Sinagogas. Todo es maravilloso, y recomendable. Pero al menos, llevaros esto en vuestro corazón  para toda la vida. Y sabed que volveréis, porque Toledo no se acaba aquí; hay cientos de historias de personajes ilustres que dejaron su huella, leyendas de Garcilaso, arte  y música en el Círculo del Arte,  y,  como no, un grupo de artistas plásticos que nos ofrecen lo mejor de ellos cada sábado y domingo (ahora que empieza el buen tiempo los veremos más) en la Plaza de San Marcos. A mí me encanta esta iniciativa porque puedo ver sus trabajos en vivo y en directo, y ellos son hoy los ecos del mañana, sin saberlo y sin dudarlo. 

Más información sobre el trabajo de María José García Maeso:
Es Licenciada en Bellas Artes por la Universidad  Complutense de Madrid y posee el Máster de Especialización en Diseño pen el Instituto Europeo di Desing.  Ha trabajado como Directora Gráfica, Profesora y Directora de arte, diseño y publicidad en diversas empresas.  Actualmente es Vicepreseidenta de la Asociación de Artistas Plásticos de Toledo y  se ha especializado en la pintura de monumentos de esta ciudad, retratos, así como el flamenco y la tauromaquía. Sus trabajos son detallistas y con una contundencia brutal.

Más información sobre el grupo de Artistas Plásticos de la Asociación San Marcos de Artistas Plásticos de Toledo:

lunes, 16 de abril de 2018

SECCIÓN HOY RECUPERO. GLUP

Glup.

Me llamo Inés, tengo diez años y os voy a contar la maravillosa historia de Glup.
Glup nació de un huevo. Pero no de un huevo cualquiera, no, fue comprado el día 27 de diciembre de 2016 en los chinos de la esquina de mi colegio. Lo adquirió mi madre como premio a mis buenas notas. Lo elegí yo: era de color azul y tenía motas grises por todo el perímetro excepto en la parte superior, que contaba con una gran mancha blanca. Costó exactamente tres coma setenta y cinco euros. Lo metimos en agua. Después de tres días empezó a crecer más de la cuenta. Mi madre se agobió un poco al principio. Le cambiaba el agua y el recipiente porque crecía y crecía sin parar y siempre le añadía sal y vinagre para quitarle mejor las cáscaras  —si es que en algún momento se le caían—. Como crecía más de lo esperable, se quedaba atascado entre las paredes y teníamos que romper los objetos para extraerlo. Primero usó un táper cuadrado, luego un cubo de fregar cristales, luego un barreño de la ropa y finalmente infló una piscina de plástico de cuando yo era más pequeña y la llenó de agua. Cogió aquel huevo que ya pesaba los cuatro kilos y lo introdujo dentro. El huevo tenía vida, eso nadie podía dudarlo. De vez en cuando se movía un poco y pensábamos que en cualquier momento saldría de allí algún tipo de ser paleolítico. Estábamos alucinando en colores con la situación, lo que nos asustaba y sorprendía a partes iguales. La cuestión es que estuvimos esperando como cosa de un mes hasta que un día, al llegar a casa después del colegio, aquello, fuese lo que fuese, ya había salido.
Mi madre cogió un bate de beisbol, yo el cepillo de barrer y  mi hermana Ingrid una varita mágica. Y nos dedicamos a hacer inspección por toda la casa muertitas de miedo. Tras una revisión exhaustiva de todos los rincones, armarios, el trastero, el garaje, el porche cubierto, etc., mi madre soltó el bate y confirmó lo que todas sabíamos: en la casa no estaba. Y se fue al jardín a buscarlo. Allí estuvo una hora aproximadamente (que es lo que duran dos episodios de Soy Luna) removiendo rosales, subiéndose a los árboles, quitando macetas, retirando maleza, y cuando ya lo daba casi por perdido, desesperada, se fijó en un arriate de la parte trasera y vio moverse algo. Se acercó. Allí estaba: una cosa redondita y un poco aplanada, con dos ojos como canicas y dos cuernecitos incipientes a modo de botones en la parte superior de la cabeza que le miraba con sonrisa graciosa y temerosa al mismo tiempo. Y mi madre dijo:
—¡Hola! ¿Eres tú el pequeño que ha salido del huevo?
—Glup —contestó.
—¿Glup es sí?—preguntó mi madre.
—Glup —repitió.
Mi madre dio un grito para avisarnos.
—¡Chicas, lo he encontrado! ¡Dice «glup, glup»! ¡Está aquí. Venid!

Y cuando lo vimos por primera vez nos enamoramos perdidamente de él. Era la mascota más alucinante del universo. Y decidimos llamarlo Glup.
No sabemos por qué sucedió algo así, pero la cuestión es que sucedió.
—Bueno, chicas, ¿y ahora qué hacemos con este? —dijo mamá señalando al curioso ser.
—Mami, pues cuidarlo —respondió Ingrid. Y le acercó su varita mágica que se puso instantáneamente rosa y brillante, lo cual gustó sobremanera a mi hermana.
—No sabemos si puede ser peligroso o contagiarnos alguna enfermedad. Creo que deberíamos llevarlo al veterinario.
—¡Si lo llevas al veterinario nos lo van a quitar. Y lo sabes! —exclamé yo. Además, si es mi regalo, déjame a mí saber lo que quiero hacer con él.
—Perfecto, a partir de hoy la responsabilidad de Glup es tuya, Inés —concretó mi madre.
Vivir con Glup estaba siendo un poco complicado. Le gustaba estar siempre mojado. Y devoraba el chocolate. Mi madre hacía todos los días pasteles, bizcochos, sándwiches de Nocilla. La Nocilla le molaba cantidubi. Abría el frasco con los cuernos telesféricos que actuaban a modo de manitas y relamía todo el vaso de cristal. Y además, si te despistabas, se te subía por las piernas como si fuera una garrapata y te echaba en la cara un chorrito de color azul, que no sabemos de dónde salía, y tenemos claro que no era pis, era como una forma simpática de decirte «te quiero». Glup es muy chistoso. Sí, os lo prometo, le gusta contar chistes. Habla nuestra lengua. Luego nos dijo que nos podía escuchar a través del huevo y que aprendió nuestro sonido. También tiene una habilidad innata para bailar y hacernos reír. Pero eso creo que lo ha sacado de la tele y la Wii.
Todo era perfecto y maravilloso. Hasta que un día del mes de febrero mi madre decidió celebrar el cumpleaños sorpresa de mis primos gemelos Marcos y Pedro en el salón de casa. Pedro nació exactamente diez minutos antes que Marcos y es mucho más pequeño, más feo y el ser menos gracioso del universo, aunque eso ahora es intrascendente. Mi madre lo dejó todo preparado y cogió la camioneta para recoger a mi tía Paqui y a mis primos. Mi tía Paqui sufre una extraña enfermedad que no le permite conducir por miedo. En fin, que siempre tenemos que estar llevándola y trayéndola a todas partes. Así que estuvimos esperando en el porche trasero junto con el resto de niños de la urbanización, poniéndonos los disfraces de superhéroes y superheroínas que cada cual había traído, ayudados por Cristina, nuestra cuidadora. Y cuando abrimos la puerta y les dijimos a mis primos el esperado «¡Sorpresa!» casi nos da un ataque. El salón tenía restos de comida y bebida por todas partes, todo estaba desperdigado por el suelo y las paredes. Y mi madre se puso muy nerviosa y dijo gritando y mirándome:
—¡Inés, hasta aquí hemos llegado! Ve a buscar a Glup y castígalo en un armario.
Y yo, obediente, lo hice. Lo metí en el armario de mi cuarto y le ordené que no se moviera de allí bajo ningún concepto, que buena la había liado, y que mi madre, después de esta, seguro que tomaba alguna medida drástica. Y que las medidas drásticas de mamá son muy muy imprevisibles.
Definitivamente se había pasado tres pueblos. Pero me miró con sus ojitos redonditos, puso carita de sentirlo mucho y me pidió perdón. Entonces lo achuché y le solté un besito en su frente…
—¡Anda, no la vuelvas a liar! Por favor, no salgas del armario.
Sonrió y cerré la puerta sin dejarlo a oscuras, porque la puerta tiene rendijas de ventilación. Además, no le eché la llave, por si necesitaba ir al baño a hacer pis.
Y Glup, sabiendo que abajo había un cumpleaños y que estaba todo lleno de dulces y chocolate, pensó que si se disfrazaba, él también podría pasar desapercibido. Buscó en el armario y encontró un disfraz de tortuga ninja de cuando yo era más pequeña. Y se lo plantó. Entonces bajó a la cocina, abrió  el transportín de plástico de la tarta de tres chocolates que había preparado la abuela y se la zampó.
En ese momento vio que mi madre se aproximaba a la cocina pasillo adelante con una pila de vasos de plástico sucios y una bandeja de restos, y no se le ocurrió otra cosa mejor que meterse dentro del transportín de la tarta.
Mi madre lo cogió, cogió el paquete de velas y los dos nombres de cera que había encargado para mis primos, se dirigió al salón con aquello en la mano, sorprendida de que pesara tanto —pero como la abuela era muy burra, seguro que había preparado una tarta de tres pisos—. Y llegó a la mesa, apagó las luces, abrió la caja y ¡sorpresa!
Allí había una cara redonda, con unos ojos abiertos de par en par y con gesto de «me han pillado».
Todos los niños reunidos alrededor de aquella mesa vieron a Glup y lejos de asustarse y salir corriendo, se quedaron callados, mirando, hasta que la pequeña voz chillona de Sonia, la niña coletas, exclamó:
—¡Queeeeeeé moooooono! ¡Yo quiero uno! 
Y todos se abalanzaron sobre el pequeño ser.
Glup se puso tenso. «Pero estos ¿qué quieren hacerme? ¿Qué quieren hacerme? ¿Me quieren tocar, morder, besar, matar? ¡Qué nervioso me estoy poniendo!». Y gritó fuerte:
—¡Glup no tocar. No tocar. No tocar!
Todos querían mimarlo, besarlo, abrazarlo y jugar con él porque era un ser tan achuchable… Pero tuve que establecer turnos y que lo hicieran despacio para no agobiarlo mucho.
Pedro y Marcos, mis primos, dijeron que ese era el regalo de cumpleaños más bonito que podrían haberles hecho. Yo discutí con ellos para explicarles que no era un regalo, que Glup era solo mío y que se fueran olvidando del tema.
Mi madre y yo nos vimos obligadas a  contarles a todos los niños, a mi tía, a mi abuela, a Cristina y al perro de la vecina cómo había nacido y cómo había llegado a ocupar nuestras vidas el pequeño Glup. Y les insistimos hasta que firmaron un pacto de silencio: prometer que no se lo dirían a nadie. A cambio podrían venir a ver a Glup siempre que quisieran.
Por primera vez en mi vida sentí que era la protagonista de algo grande.  Pero aquí el único protagonista será Glup para siempre. Y la suerte que tenemos de compartir un secreto en común gracias a él. Hemos conseguido ser los mejores amigos del barrio. Hasta hemos formado una pandilla y todo: somos Los Superglup. Y tenemos superpoderes. Ya los iréis conociendo. Nos está enseñando muchas cosas mágicas nuestro pequeño amigo. Pero eso será objeto de otro capítulo.
Hoy nos vamos al río con un invitado muy especial en la mochila… a llenar nuestra vida de aventuras. Pero para que no sepáis dónde encontrarnos me he permitido la licencia de omitir cualquier dato relacionado con mi ubicación y como todavía no tengo móvil ni quiero tenerlo, creo que nuestro  secreto estará a salvo mucho tiempo. ¡Feliz verano, astroalmas!


Esta entrada se publicó por primera vez en SURCANDO EDICIONA:

Y la ilustración pertenece a RAFA MIR, más información en su perfil de facebook:
Crédito final:  Este relato nació y creció de la mano de Antonio Valencia Fernández. ¡Gracias siempre!


lunes, 9 de abril de 2018

SECCIÓN HOY RECUPERO. EL ESPÍRITU DEL VIENTO TIENE NOMBRE DE MUJER


“La soledad agradece mi lamento
y baila conmigo en el páramo
soy su leve idolatría
sobre mí viaja el oxígeno que respiras
¿Lo ves?
Viento soy… y tú eres mi destino.”

José Cercas, extracto del poema A alguien que me llamó viento, de su libro Oxígeno.


El espíritu del viento tiene nombre de mujer.

—Ven conmigo, no te arrepentirás. —La chica del pelo azul y ojos ultramar me tendía la mano para acompañarla en su lancha. Nunca la había visto pero su ofrecimiento me pareció inoportuno, inesperado y me dio vértigo—. Venga, no te lo pienses más, anda —insistió animosa.
Estaba sentado en la playa al atardecer, reflexionando sobre qué cenar aquella noche, esperando a mi madre en el universo de las luces todavía apagadas de aquel cielo rosa, escuchando el viento y tragándome cientos de culpas como sapos. Me incorporé, me miré los pies descalzos, metí la mano en los bolsillos y conté el poco dinero que tenía. Si era el momento de tomar la decisión, no debía dudar.
—No te preocupes. No tengas miedo.
—Yo no tengo miedo. El que no tiene nada que perder ya nunca siente miedo.
—Pues venga. —Abrió la mano derecha y me ayudó a subir a la lancha motora. Luego me dio un chubasquero rojo y un chaleco salvavidas amarillo con una banda fluorescente—. Póntelo —me ordenó.
Era la primera vez que me ponía ropa así y me costó un poco ajustármela y sentirme cómodo. Luego miré alrededor. Había una pequeña nevera con agua, dos bidones de gasolina y un mar por delante.
Durante dos horas estuvimos navegando rumbo adentro. La sensación de sentirse rodeado de agua por todas partes era sobrecogedora. Yo nunca había estado tanto tiempo sin pisar tierra firme y comencé a encontrarme mal, sentía frío en la espalda y sudor febril en la cabeza y las manos, me temblaban las tripas como si tuviera el gusano de guinea dentro de mí. Sólo pensarlo me provocó la náusea en dos ocasiones. Después, como por arte de magia, el cuerpo se estabilizó. La chica tenía unos ojos grandes del color del horizonte, en esa línea donde convergen cielo y mar, y la piel morena. No podía concretar de dónde era originaria, pero hablaba perfectamente mi lengua krio. Así que eso facilitó mucho las cosas.
— ¿Cómo te llamas? —me preguntó sonriente al cabo de un buen rato en el camino.
—Douda Adama.
—Ese nombre no es senegalés.
—No. Realmente yo no soy de aquí, estaba de paso, soy de una aldea pequeña cerca de Magburaka al norte de Sierra Leona. Es una historia muy larga.
—No me importa, tenemos mucho tiempo por delante.
—¿Dónde vamos?
—A una isla llamada Palma.
—¿Está muy lejos?
—No, está cerca. Si mis previsiones son las adecuadas, tenemos que aprovechar la contracorriente canaria, que hoy se dará durante la noche, para ser impulsados, y un poco del viento del Sáhara para llegar a nuestro destino con gasoil suficiente.
—Y tú, ¿quien eres? ¿Por qué me ayudas?
—Ni te lo imaginas. Aunque te lo explicara, nunca lo entenderías.
La chica sacó unos bocadillos y nos los comimos en silencio. Ella no quería hablar y yo estaba cansado y tampoco me apetecía mucho ni hablar ni comer. Hubo un momento que sentí ganas de orinar. Me dio vergüenza decírselo, pero ella, anticipándose a mis pensamientos, al ver que me tocaba la entrepierna, me alertó:
—Ni se te ocurra mear por la borda. Tendrás que hacerlo dentro de esta botella de plástico. —Y me la tiró a la cara.
De pronto sucedió algo inesperado. Un viento comenzó a empujarnos por la popa. La chica se rió.
—Aquí estabas, maldito Berg Winds, te esperábamos.
El viento azotaba la embarcación y yo me sentí cada vez peor por los pantocazos de la proa donde iba sentado justo enfrente de la chica que manejaba el timón. Era pleno agosto y ya se había cerrado la noche, por lo que deduje que serían más de las once. La temperatura subió progresivamente hasta los 48 ºC en menos de media hora. No se podía respirar. Estornudé varias veces y ella me indicó:
—Tienes que protegerte. Yo seguiré aquí, sujetando el timón.
—No veo nada.
—No hace falta. Túmbate, ponte la capucha del anorak, sujeta este trapo en la cara y respira a través de él, pronto llegará la calima en suspensión. ¡Agáchate ya, hazme caso o morirás!
—¿ Y tú?
—Tranquilo, estoy acostumbrada.
A mi dolor de barriga comenzó a sumarse el calor. Mi cuerpo sudaba por todas partes. Mares de toxinas emanaban de mi piel y creo que me desmayé dos o tres veces bajo la manta con la que me cubrió. Temía salir de aquella madriguera y morir. Pero el sonido del motor de la lancha me hacía pensar que todo iba bien. La chica del pelo azul me hablaba de vez en cuando para tranquilizarme: Sigo aquí. Todo bien. No mees. No levantes la manta. Cierra los ojos y sueña. Sueña con tu familia, con las estrellas del universo, con tu madre, tu hermana, tu novia o algún amigo fiel. Sueña…
Era imposible soñar, más bien tuve millones de pesadillas. Debí de hablar durante mi delirio, quizá pensé y dije muchas cosas que sólo se pueden pensar y decir cuando uno cree que morirá pronto. Ignoro el tiempo que permanecí oculto bajo la manta. Pudo ser un día, dos, tres… Allí estuve lo más inmóvil posible para no gastar energías. Cuando por fin decidí arriesgarme, enloquecido por la sed y al límite de mis fuerzas descubrí que estaba tan débil y anquilosado para realizar cualquier movimiento que mis extremidades no me respondían.
—Quiero salir. Necesito salir —intenté gritar reuniendo todas las fuerzas que pude.
Ella levantó la manta con mucho esfuerzo, pues estaba aplastado literalmente por kilos de arena, y la tiró en el océano. Luego, sonriente, me ayudó a incorporarme.
—Vaya, ha sido muy duro. No pensé que lo conseguirías… Pero has sido un valiente, un muchacho muy valiente.
Me dio un poco de agua que bebí a pequeños sorbos y luego me advirtió sobre la llegada de la lluvia:
—En agosto sólo llueve un día y será hoy por la tarde. Aquella noticia me alegró bastante. Pero ella no sonreía—. Me has contado muchas cosas y cada vez estoy más contenta de haberte elegido a ti.
—¿Cosas como qué? Déjame beber un poco más —le pedí sujetando la botella de plástico que me retiraba. ¿Elegido?
—Lo de tu hermana gemela, la muerte de tu madre, la venta de los dos a un perverso explotador llamado Kone para trabajar en los cafetales de Guinea, la vuelta a casa para buscar al resto de tus hermanos, tu ingreso en el ejército de Sierra Leona, tu huida al Sáhara y finalmente tu trabajo en Senegal. Lo has pasado muy mal, chico. ¿Qué edad tienes?
—Quince años.
—¡Vaya! Por tu aspecto pareces mayor.
—He visto muchas más cosas en ocho años que tú en toda tu vida.
—No lo dudo. —Pausa incómoda—. Por cierto, ¿quién era Alisi?
—Mi amor, mi único amor y motor de mi esperanza. La conocí en los campos de café. La violaban cada noche los capataces, cada día uno distinto o dos o tres, y luego venía a mi cabaña, se metía en mi catre, me abrazaba por la espalda y lloraba. A veces eran sólo quince minutos, otras casi una hora. Nunca he oído ni oiré un llanto tan triste. Ella era preciosa, la más bella de todas, pero cuando se quedó embarazada y ya no servía para calmar las ansias lujuriosas ni el estrés de los capataces, la mataron. Nunca sabré si el hijo que llevaba en su vientre era mío o no, pero aquello fue la alarma para intentar cambiar de nuevo el rumbo de mi vida. Siento furia al recordar todo esto. Siento un dolor profundísimo.
De repente, al levantar los ojos y terminar de acostumbrarlos al efecto extraño del mar, como de espejismo constante, me di cuenta de que la chica del pelo azul tenía mal aspecto. Su piel se había vuelto tan transparente que casi podía tocar sus venas y sentir el pálpito de su corazón bajo el armazón de las costillas. ¿Podría ser que se estuviera consumiendo, o esa sensación era objeto de una alucinación mía por el cansancio?
—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí, cuestión de energía. Ha sido extenuante. Tranquilo, estoy bien, en serio, prosigue tu relato sobre Alisi.
—Me sacaba cinco años, pero me amaba tanto como yo a ella. Y sé que hubiéramos sido felices. El día que la asesinaron comprendí que tenía que marcharme de allí porque el siguiente sería yo. Y huí. Todavía me pregunto qué fuerzas planetarias se aliaron conmigo para conseguirlo porque hasta el momento nadie lo había logrado, pero yo lo hice ocultándome durante siete días dentro de un pozo. Luego, en Sierra Leona, volví a buscar a mi padre y a mis hermanos pero ya no estaban. Nadie que yo recordara con tan sólo ocho años parecía estar allí y tampoco nadie se acordaba de mí. Entonces me reclutaron para la estúpida guerra. He hecho cosas horribles que no quiero contar. Bueno, me han obligado a matar y torturar a seres humanos y animales. Muchas noches no puedo dormir. No comprendo cómo pude hacer todo aquello.
—No te sientas obligado a contarme nada. Lo comprendo.
Después hubo un largo silencio. Ella me miraba y esperaba quizás que yo le quisiera contar más. Pero no podía. Aquellos episodios homicidas no eran dignos de ser recordados ante aquella chica buena. Luego abrió la nevera portátil azul y me ofreció algo envuelto en papel de plata que llamaban chorizo. Me supo a gloria. Después, con la tripa llena, se levantó, se estiró y comenzó a hablar sobre la tormenta que se avecinaba.
—Mira, observa el inmenso océano, parece que nada se mueve, todo está detenido en un momento de calma y eso significa que la tormenta será copiosa. Pero, pase lo que pase, no te rindas, ¿entendido? Si muero, no debes tirarme por la borda. Si desaparezco, no debes abandonar la embarcación jamás. ¿Lo has entendido bien, Douda? La embarcación es tu única casa, tu única esperanza para sobrevivir. Entendido, ¿verdad?
Sólo pude afirmar con la cabeza. Y esperar.
A las siete y media de la tarde aproximadamente comenzó a llover. La lancha se llenaba de agua y trabajábamos a turnos para evacuarla. La chica del pelo azul cada vez estaba más pálida y me parecía todavía más delgada, pero seguía sonriendo vital y eso me tranquilizaba. Creo que me abrazó unas cuantas veces, y me besó la cabeza mientras trabajábamos y descansábamos a turnos.
Estuvo lloviendo varias horas, tres, cuatro, quizás cinco y después nos sorprendió el rayo. Nadie puede imaginarse un rayo en mitad del océano. Hasta que no lo has visto por primera vez, no conoces el alcance de la electricidad y sus partículas furiosas. Y la lancha se rompió en dos. Estuvimos un tiempo flotando en mitad del océano. Lo siguiente que recuerdo fue un bichero que me sujetaba el chaleco salvavidas y me subía sobre una lancha de aproximación. Después, a dos personas tirando de mí hacia arriba mientras me agarraban por los brazos. Me depositaron en la cubierta del pesquero. Alguien me lanzó un cubo de agua caliente encima y después me cubrieron con mantas y me hicieron tragar algo redondo y pequeño de color blanco, bastante amargo, para la fiebre. Cuando abrí los ojos sólo vi azul, el cielo azul y ocho caras mirándome alrededor. Aquella fue la primera vez que vi hombres blancos. Me pareció magia pura. Y los segundos se alargaron, ralentizando todo. Absorto por aquella visión, pensé incluso que aquello sería algún tipo de cielo.
—Chico, ¿de dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?
Me hablaban en una lengua que no entendía, me abofeteaban la cara para despabilarme pero me daba igual. Volvía a cerrar los ojos. Luego me dieron algo parecido a una sopa con tropezones de pollo o gallina. Y me recuperé un poco más. Cuando ya fui capaz de incorporarme, la vi. La chica del pelo azul estaba entre ellos, pero una ráfaga de viento la convirtió en partículas o subpartículas de tiempo o espacio con gases en suspensión: nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono, neón, agua… Minúsculas partículas flotantes que circularon a mi alrededor y me susurraron al oído: I´m wind, you win. Ese viento se colocó encima de mi cabeza y ascendió en espiral hasta quedar reducido a un puntito azul en medio del cielo.
—Adiós, amiga. Y gracias —le contesté en krio.

Los demás se pusieron muy contentos al ver que acababa de hablar. Dejaron atrás la incertidumbre y comenzaron a sonreír. Me seguían haciendo preguntas, muchas, pero yo no sabía ni qué me preguntaban ni qué contestar porque no les entendía; sin embargo, sonreía y eso les alegraba. Pese al cansancio y al dolor imposible de soportar, tomé una determinación. Quería vivir. Y cada vez que lo pensaba para mis adentros conseguía apretar más mis manos sobre las suyas y eso me agarraba a la vida y les hacía sonreír más.
—Ánimo chico. Te pondrás bien.
No sé si ella existió realmente o fue la excusa para reunir fuerzas y embarcarme en esa aventura. No sé si esto sucedió así o, debido a la acción del rayo, es lo único que soy capaz de recordar. Nunca llegué a la Palma. Me pasé media vida viajando de pesquero en pesquero por medio mundo y conocí a otros que también escaparon como yo de la barbarie de Sierra Leona. No hice muchos amigos, aprendí idiomas y conocí a millones de seres humanos a los que intenté ayudar siempre.
Pero si algo tengo muy claro es que el espíritu del viento tiene nombre de mujer. Ese viento que respiramos inconscientemente, portador de mensajes, de besos tardíos o perdidos, de recuerdos, cargado también de virus y bacterias, incluso; ese viento oxigenado vital para existir y que nos rodea cada día debe contener esencia de mujer, de madre, de amiga, de compañera, tiene que estar cargado de la misma energía cósmica que la mujer capaz de generar vida. Muchas veces recuerdo a aquella chica de pelo azul y ojos ultramar, la que desapareció de mi plano físico, de este que habitamos transitoriamente, porque su esencia regresa cada vez que una brisa cálida o una corriente gélida me acaricia el alma. Y eso es muy fácil en el mar y en el amor.



Este relato fue publicado por primera vez en :


jueves, 5 de abril de 2018

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO: PINTOR JUANJO GAMARRO

Bodegón. Óleo sobre lienzo 65x54 cm.
Juanjo Gamarro

NO CRECE EN LOS ÁRBOLES


—Hablemos padre. Necesito dinero.
—Hablemos hijo. No tengo.
—Pero, ¿cómo que no tienes? Eso es imposible. Tú trabajas y ganas mucho.
—Sí, pero no estoy dispuesto a dártelo para que lo malgastes.
—Ir con los amigos y tomarme algo de vez en cuando no es malgastarlo.
—Fumar, beber y no dar ni palo al agua con los estudios si lo es. No te lo has ganado. Y no hay más que hablar.
—Madre, se acerca a la cocina donde se encontraba la madre partiendo un calabacín, y le pone cara de tuno: Que Papá no me quiere dar dinero. Dámelo tú.
—No.
—Entonces me iré  a vivir con un amigo y nunca más volveréis a verme.
—Lo dudo.
—Si, me voy a marchar, y ahora mismo.
—De acuerdo. Ya no hay más chantajes emocionales. No es no.

Así veíamos la tele, una  historia corriente de adolescente rebelde, que podría ser español o chino, daba igual. El interminable  pedigüeño que no se siente obligado a corresponder con nada.
Y me quedé un rato pensando, con la vista perdida, mirando hacia la ventana... Todos hemos sido así, durante siglos y siglos, hasta que pudimos tener el primer empleo y comenzamos a gastar de lo nuestro. Pero es que la crisis ha hecho mucho daño. Entonces miré el  cuadro de Juan Gamarro que estaba en la pared de la derecha. Un buen amigo mío que nunca cuenta mucho de sus cuadros, pero que están cargados de  mensajes cifrados.  Busqué  el móvil y le llamé para decirle: “¿Sabes?, he tenido una visión.  Ahora le encuentro sentido a tu cuadro  ¿ Te lo puedes creer?  Ni los peces vuelan, ni la comida crece en  los árboles. Hay que trabajar para ganar el dinero. ¡Ay, qué grande eres!"
Y Juan tan en ello, me contestó: No sé  quién eres ni de qué me hablas... me acabo de levantar.




Más información de Juanjo Gamarro en:


martes, 3 de abril de 2018

SECCIÓN HOY RECUPERO. SEÑALES DE TRÁNSITO.

Este fue un experimento en el que a través de micro-cuentos iba retratando a una serie de personas que estaban en una fiesta. Un juego divertido para aproximarse a los personajes usando el rojo como hilo conductor. ¿Qué hay de rojo en ti? Es una pregunta mucho más personal que política.  Explora dentro y cuéntamelo, si te apetece, en la sección "Contacta" .

Señales de tránsito.

Buen rojo
La chica de los ojos grises ya no es una niña. Hoy lleva tacones y un vestido corto blanco. Se ha acercado a mí y, con pudor, me ha pedido un tampón. Se excusa: es que no he traído el neceser de las cosas íntimas y no tengo. Sonríe… Está rodeada por unos cuantos adolescentes, modelo león, elefante, perro y varios ratones. No tiene ningún interés por barrer ni para dentro ni para fuera. Sólo espera con su cinta roja puesta. Y sucederá en cualquier momento. Está disponible.
Versos en rojo
El artista del fondo, que hace años que no escribe un libro, hoy me ha comentado cómplice que por fin han vuelto las musas, y ha conseguido escribir cien versos al amor y en un intento de continuación de libro escrito por Pablo Neruda llamado El corazón amarillo, mientras se prepara para su muerte. Me explica: «Es un libro cargado de reacciones, multiplicidades, contradicciones, amenazas en ciernes que nos llevan del miedo a la acción en la vida. También expresa los placeres cotidianos derivados de la fama y la terrible angustia de la falta de privacidad». Le oigo y le veo, pero no le siento. No me trasmite nada más allá que el narcisismo de escucharse a sí mismo. Me intereso por su mujer y su hija, responde correcto y me mira el escote descortésmente. Luego me pregunta que si se me ocurre algún nombre para su invento. «Versos en rojo», le propongo. «Perfecto», asiente. —Me aburre—.
Luna




Aquí cerca de la barra del bar que han instalado a la salida del living room está el que llaman artista. Dicen que se le fue la cabeza el día de la luna roja, cuando se quedó mirándola toda la noche. Estaba hipnotizado cuando le encontraron encima del tejado de su casa a punto de desmayarse porque no había comido ni bebido nada durante cuarenta horas. Y desde entonces sólo pinta cuadros rojos. Todo tipo de desnudos de mujeres y hombres en todas las posiciones imaginables. Eso sí, siempre desnudos. Es sórdido y, según las posturas, hasta de mal gusto. Parecen como bebés recién nacidos. Y para justificarse puntualiza: «Todos los cuadros son mis hijos, paridos de mi mano, pintados con cariño pincelada a pincelada». Como metáfora está bien, pero a mí, médica ginecóloga y madre de tres hijos, ya no me valen tonterías así. Hace tiempo que no hablo con él. Es un poco agresivo y no permite que nadie le lleve la contraria. Eso me desconcierta mucho porque no estoy acostumbrada a que nadie me grite al oído. Salgo a la terraza.
Calles de Buñol
Miro hacia el fondo y hay tendidas lo menos cincuenta camisetas blancas. Le pregunto a la anfitriona. Me explica que ayer llevó a los invitados a las fiestas de la Tomatina. Que hoy el servicio las ha lavado y tendido. El año que viene me apunto, me invito. «Pues claro», dice sonriendo. Y sé que no me podré apuntar jamás porque no puedo comerlo por el ácido úrico. Pero intento ser tan amable e hipócrita como lo son todos.
El rojo es otra historia
El hombre gato está rodeado de mucha gente, tiene la lengua áspera y suelta mucho pelo. Podría decirse que ya casi no tiene pelo. Hubo un tiempo en que me pareció interesante, ya no. Sonríe oblicuamente, sonríe arqueando una ceja, y a mí ya me da igual todo lo que haga, diga o deje de hacer o decir. Me produce cierto repelús su presencia.
El mar Rojo
Hay un gran cuadro en el centro del salón. Es el mar Rojo. Recuerdo algo que leí de este sitio hace tiempo: no tiene afluentes, mantiene la temperatura entre 26 y 30 ºC todo el año, variando en más menos dos grados, y se supone que se abrió en dos para salvar del yugo de los egipcios al pueblo israelita, guiado por Moisés. Me parece que bien podría ser este lugar narrado en la Biblia porque conecta África y Asia. Pero hay algo que me gusta mucho más de este cuadro. Algo que me callo.
San Fermín
Amiga feliz por la derecha. Posición correcta: tres de la tarde.
—Acabo de recordar que me hice unas fotos contigo en los Sanfermines de 2010. El otro día las vi y les hice una foto con el móvil para enseñártelas en la fiesta. Ven, mira. Estábamos tan jóvenes y tan llenas de vida que me parecieron espectaculares. Como ahora, ¡qué te voy a contar! Por ti no pasan los años… (Sonrisa verdadera).
—Sí, sí pasan, pasan los años y la vida, y mañana puede que nos muramos, o pasado mañana, o lo mismo hoy al salir de esta fiesta me da un infarto de tanto fumar. No sé.
—Anda, tonta, estás mejor que nunca. No has visto cómo te miran todos… con ese tipazo y ese vestido rojo estrecho que te has puesto… Ven aquí, siéntate a mi lado. Mira la foto. Corrimos, ¿recuerdas?, nos tiramos a la calle delante de los toros y corrimos… Fuimos de las pocas que lo hicimos en la vida, pero lo hicimos… No sé ni cómo fuimos capaces. Aunque terminamos con sangre en los brazos y las piernas de no sé quién ni de no sé dónde, pero lo hicimos.
—Porque siempre hemos sido muy valientes. No te lo digo nunca, pero lo pienso, eres la mejor de todas. La más auténtica. Y sí, te quiero.
—Anda, disfruta tu momento, esta fiesta es para ti. Porque yo también te quiero, amiga. Besos. Fin.
Planeta
Alguien ha encendido la televisión. Interesado por las noticias de las doce. Vivimos en un planeta lleno de guerras y de muerte. Gente expira todos los días violentamente. Contra natura. Contra Dios o en nombre de Dios, según el bando que sea… Y vírgenes lloran sangre. Ha habido un atentado. Una camioneta atropella a gente en Londres, gente normal que pasea por un puente, y cuentan que después los conductores se bajaron y fueron acuchillando a la gente en la calle y en un restaurante próximo. Es dantesco. Algunas imágenes se están retransmitiendo casi en directo desde el lugar del suceso. Y yo no veo nunca la tele…
Señales
Las rojas advierten del peligro y del desastre.
Nadie las cambia por verde o azul. Son necesarias. Cumplen una función. Nadie coge un cubo de pintura y comete la imprudencia de hacerlo. Ni por arte ni por locura. Nadie por el momento…
El bolígrafo rojo
Deberían instaurarlo como necesario para todos los aprendizajes. Ver los fallos en rojo te conecta las neuronas. Te ayuda a reconocer los errores de un solo vistazo. Yo soy muy visual. Necesito hacer fotografías mentales de las cosas que estudio. Toda la vida lo he hecho. Creo que la profesora de piano está haciendo bien su trabajo: hace anotaciones en rojo en una libreta sobre los ejercicios mal resueltos del hijo mayor. Sin embargo, el padre observa la escena con desaprobación porque está más preocupado por si su hijo hace el ridículo en público en lugar de que aprenda y avance. Es un amante de la superficialidad extrema. Puede que no fuera una buena idea haber elegido esa pieza, el Concierto para piano n.º 1 de Rajmáninov, incluyendo el violonchelo de su hermana menor. Pero parece que el señor Perfecto le dará una oportunidad. Sólo una…
Sin rojo
—¿Sabes que se me ha ido la regla? Estoy menopáusica —me dice la soltera de oro.
—No me digas…
—Sí, —afirma mientras bebe un sorbito de ron con Coca-Cola.
—¡Pues quién lo diría!, yo te veo estupenda. —La animo. Pero en el fondo se ha puesto redonda, redonda…
—Pues creo que estoy más irascible, malhumorada y desequilibrada que en toda mi vida. Pero ¿sabes otra cosa? He perdido algo más…
—¿El qué, chata? Venga, dime…
—El miedo a vivir y a hablar.
—Me alegro.
***
Suena el teléfono
—¿Qué tal, mi amor, cómo va la fiesta? —Es la voz de él.
—Bien, todo perfecto. Hay mucha gente aquí. Casi todos llevan algo rojo curiosamente.
—Es lo que querías, ¿no?
—Sí. Bueno, fue una sugerencia, en homenaje a la vida, a la felicidad que se trasmite con el rojo. Pero me faltas tú.
—Ya sabes que siempre estoy contigo. Mira en el cenador. Te hemos preparado una pequeña sorpresa, con la ayuda de tu amiga.
—Voy.
Sigo el camino de baldosas rojas hasta un cenador que hay al final del jardín. Allí hay un gran ramo de rosas y una fotografía. En ella puede verse a un hombre mojándose bajo la lluvia. Sin paraguas, con los brazos levantados, mirando al cielo, en un atardecer lluvioso al norte de Australia. Reconozco el sitio porque yo estuve allí con él  y yo hice esa foto. Al girar la imagen leo: «Ven, mójate, siente la vida. No te pongas el paraguas. Disfruta de este momento conmigo. Vive a mi lado esta nueva etapa. Nunca estarás sola. ¿Te quieres casar conmigo?».
Miro el rojo del jersey y siento la belleza del instante. Suspiro. Y veo mucho más rojo en esa instantánea, la pasión de esos labios, el rubor de esas mejillas ante el primer beso, el calor de su piel rozando la mía… Veo el amor en estado puro.
Luego me miro a mí misma, observo las uñas rojas de las manos y de los pies, y me atuso el vestido rojo que me aprieta cada centímetro, y un flash me saca de la realidad. ¡Ay, Dios, el bolso rojo! ¡El bolso rojo está en el coche!
Salgo corriendo, casi volando hacia la entrada, atravieso la puerta de la finca, me quito las sandalias plateadas y corro avenida abajo con los tacones en la mano y llego al coche. Allí está la señal final: han reventado el cristal del copiloto y han robado ese bolso.


Y de repente me siento la mujer más desgraciada del mundo. Sólo tengo un teléfono para comunicar la situación: ni llaves de casa, ni llaves del coche, ni documentación. Es el momento más frágil y vulnerable de mi vida. Respiro, cuento hasta diez, grito de rabia, lloro de impotencia, me tiro del vestido y me araño los brazos del cabreo, y sin tabaco… ¡Mierda! Entonces, me recojo el pelo en una coleta, respiro, vuelvo a contar hasta diez, me miro en la luna tintada, sopeso la situación y decido regresar a la casa para servirme un gin-tonic en la fiesta. Todo es material. No voy a permitir que se arruine uno de los momentos más felices de mi vida.
Miro el teléfono y marco su número.
—Sí, cariño, quiero casarme contigo.


Este relato fue publicado por primera vez en:

Las ilustraciones pertenecen a Paloma Muñoz. Más información en:


sábado, 31 de marzo de 2018

SECCIÓN HOY COLABORAZIONO. GONZHO. PINTOR

Gonzho dice que una cosa es ser pintor y otra artista, y que lo difícil es ser las dos cosas a la vez.  Consulto el diccionario de la RAE para confirmar el concepto de artista: Persona que cultiva alguna de las bellas artes, persona dotada de la capacidad o habilidad necesarias para alguna de las bellas artes e incluso en su acepción 5, persona que hace algo con suma perfección.  Sin embargo, para mí, que no soy la RAE ni mucho menos,  el arte, no es algo  consolidado, y el artista, por consiguiente, mucho menos, sino que está en permanente búsqueda de su propia esencia, poética, impronta, etc. El artista en cuanto a espectáculo me parece otra cosa; dado que aprende unas rutinas, las practica, las ejecuta con destreza y punto.  Discutimos un poco el tema y al final llegamos al acuerdo: Venga,  proponemos: pintor y buscador permanente.

Gritar. Verbo intransitivo. Sonido inarticulado. Realidad caótica.
¿Cuándo gritamos? Al llegar al mundo, cuando algo nos sorprende o nos asusta en derivada de la felicidad o la desesperación, como método de agresión, intimidación, incluso como imposición a los demás.  Un grito expresa descontrol y  desbordamiento de las emociones. Hasta ahí de acuerdo. Con la llegada del lenguaje, ya no nos hace falta gritar y sin embargo a veces se siguen oyendo esos gritos: del marido, de la madre, de la paciente, del usuario insatisfecho, se grita mucho, en general, todavía, a mi entender.
León Gieco dice: “Todos los gritos fuertes nacen de la soledad”.  Estoy en modo crítico. No lo comparto totalmente, póngase cómo ejemplo la emoción de subir en una Montaña Rusa con amigos.  Pero ese es otro Rock and Roll. Quiero entender a qué se refiere León Gieco.
— Gonzho, ¿por qué pintaste este cuadro? —le pregunté por messenger el día que acordamos la colaboración.
Y  me contestó: “Porque se lo debía al niño que fui”.


La historia inventada. Entonces,  imaginé a ese pequeño  Gonzho de ocho años, tal vez, jugando en el salón de su casa, construyendo sobre la mesa camilla un universo Lego con naves, portaaviones,  cohetes espaciales y un ejército de robots. Imaginándose la invasión del mundo con sus playmobil como elementos externos, absorto en sus batallas durante horas.
Imaginé, como supuesto necesario, que  fue al baño, y la madre que había terminado de prepara la cena y necesitaba poner la mesa, así,  sin previo aviso,   de un brazado, barrió con todo y lo introdujo en el  tambor de colón, y Gonzho, nuestro pequeño soñador, vio cómo su pequeño universo se veía  arrastrado al interior de ese cubo de cartón.  Y le faltaba el acto de coronación…
¡Nooooooooooooooooooooo!—gritó.

Este cuadro  se llama " El grito de la infancia".
Para más información sobre Gonzho: