
Elegí, para este número, un tema que tuviese que ver precisamente con el nombre de la revista: realidad y ficción. Intentando aunar ambos mundos en uno. Estuve mucho tiempo dando forma al relato, dirigiéndolo al lugar exacto, sin rozar lo grosero ni resultar demasiado evidente: el mundo fantástico de un universitario en pleno auge hormonal.
Espero que lo disfrutéis. Os dejo el enlace a la revista y os ncluyo el relato a continuación.
Espero que lo disfrutéis. Os dejo el enlace a la revista y os ncluyo el relato a continuación.
SUPLEMENTO
DE REALIDADES Y FICCIONES
Nº 60 – Marzo
de 2014 – Año V
ISSN 2250-5385
http://colaboraciones-literatura-y-algo-mas.blogspot.com.es/
MI MUNDO FANTÁSTICO
Tacones que derriten almas
Olga Ruiz Trinidad ©
El que esté libre de pecado que tire
la primera piedra
(Juan 8:2-11 KJV)
Mi mundo fantástico, el
que habito cuando quiero redescubrir quien soy realmente, se destapa el viernes
tras la Universidad,
al regresar a casa. Algo necesario para libertar tensiones. Un instinto
primitivo de supervivencia de la especie, quizás un ejercicio práctico. Subo a
mi cuarto, echo el pestillo y me tumbo en la cama. Es mi momento. Observo las
musarañas mientras comienzo a relajarme. En un lapsus de tiempo de veinte
minutos puede llegar a trascurrir todo, otros aseguran que con once es
suficiente, en mi caso, necesito algo más. Poco a poco me sosiego, cierro los
ojos y respiro profundamente. Siento el bombeo de mi corazón decelerarse,
despacio, encontrando su armonía y olvidando los ritmos sincopados de mi
diletante existencia. Encuentro el equilibrio –aunque para ello, tardo un rato
superior a lo esperable casi siempre. Soy plenamente consciente de que esto no
es un sueño, ese mundo está ahí y se extiende desde mi interior hacia el
exterior buscando la fogosidad de mi mano. Huelo a sudor y testosterona.
Prosigo. Floto en medio de un cielo y un infierno desde el que algunos seres
extraños me abrazan y me gusta. Bajo unas escaleras bastante empinadas con
riesgo de caer –ya sé que tienen veinte peldaños con un descanso central– y los
seres siguen abrazándome y desnudándome, me acaloro y prosigo drogado por una
especie de gas de la felicidad. No hay luz en el antro oscuro inferior pero no
me importa, estoy atravesando un bosque de culpabilidades ancestrales cargado
de olmos que, poco a poco, voy dejando atrás. Lentamente mis retinas se
acostumbran a esa penumbra impredecible. Después oigo los cuervos lejanos, los
cuervos siempre joden cualquier historia, y no sé por qué en mis momentos
previos siempre hay cuervos. Luego llega el fuego purificador. Debería sentir
miedo, pero no sucede así. Yo sé, por costumbre que este fuego es preámbulo del
éxtasis y espero, espero… deleitándome en ese instante. El fuego quema mi pelo,
mi cara, todo mi cuerpo y me deja limpio. Comienza la metamorfosis mental,
comienza la definición de esta historia única e irrepetible; busco todos los
estímulos de mis últimos días. Así se abre la veda: empieza la búsqueda. El
cómplice de paso está ahí fuera. Puede ser ella, o él. Pueden ser dos varones o
un trío de reinas a la vez. Solteras o casados. No me preocupo demasiado por la
opción, sólo yo, mi, me, conmigo y mis múltiples vicios. Soy un animal en celo
dispuesto a todo por saborear una nueva presa entre mis brazos. Un nuevo
triunfo para mi lista. Soy capaz de todo.
Justo en ese instante, escucho
la voz de mi madre increpándome nuevamente desde el piso inferior: ¡Date prisa,
tengo que marcharme al trabajo! ¡Siempre lo mismo, siempre lo mismo! No tienes
ni un ratito para tomarte un café conmigo. Y pienso: ¡Mierda, cállate, no me
despistes, estoy concentrado! Y le contesto: Sí, ya voy, ya voy. Espera un
rato.
En esos momentos, una
madre es la única persona que no entra dentro de tus expectativas, –los cuervos
y las madres pueden estropear cualquier historia de esta índole, repito–.
Antes de venirme abajo,
vuelvo a mi mundo fantástico. Cierro lo ojos, respiro profundamente y prosigo. Una
emoción fuerte. Sí. Ya me cansé de quejarme del pasado, de entristecerme por la
falta de suerte, por la inercia. He hecho pactos satánicos con Cupido, ahora
soy yo el que le ha robado algunas flechas, nuevas o usadas, da igual. Ahora
soy yo quien apunta y dispara. Tan fuerte, que puedo, incluso, matar. Manos
sueltas, pelo suelto, cuerpos sueltos, tacones que derriten almas que habitan
fuera, o que no habitan; sólo se dejan llevar. Ahí están esperando, tan sumisas
y tristes. ¡Pobrecitas…! Tan esclavas y necesitadas de algo por lo que suspirar
el resto de la semana. Ya no me siento mal por pensar en el dolor y en el amor,
ambos sentimientos se fusionan, se dan la mano, se vuelven cómplices a ratos y
otras se odian. Depende de tantos factores… depende de tantas personas. Nunca
hay dos amos iguales, nunca hay dos esclavos iguales. Nunca se pisan tacones
que derriten almas que habitan fuera sin sentirse dentro. Así, en espiral,
emocionado, con ese mi mundo fantástico, enredado en mis múltiples juegos
mentales. No sueño, no, imagino, jadeo, me acelero y exploto.
Nuevamente mi
progenitora desde la planta baja del chalet, insiste voceando: Bueno, yo me
voy, aquí te dejo la cena, nos vemos a las diez. Por cierto acaba de llegar tu
querida novia Sofía, está subiendo, te aviso.
–No, sí, digo claro,
que suba, espera, bueno, no, sólo un minuto, en fin, bueno, ya estoy… ¡Leches!